Culpa, moralina y arribismo

Por Mauro Claro


Un lugar en el sol (1951) de George Stevens, es una película en donde George Eastman (Montgomery Clift), un adolescente de origen modesto e hijo de una madre profundamente religiosa que lo crió en la prédica callejera, llega a trabajar a la fábrica textil de un pariente rico. A pesar de la regla de la empresa, que impide a los empleados enredarse con las funcionarias, a poco andar el joven termina por encamarse con su compañera de trabajo, Alice Tripp (Shelley Winters). La simpatía que el Sr. Eastman tiene por George lo llevan a obtener un rápido ascenso y a ser invitado a una fiesta en la mansión de la familia. Allí conoce y se enamora de Angela Vickers (Elizabeth Taylor). Es así como el muchacho se introduce, de la mano de Angela, en un mundo suntuoso y próspero. Pero Alice ha quedado embarazada y quiere obligarlo a casarse con ella a fuerza del chantaje de un escándalo público. Tironeado entre ambos mundos, George se ve tentado a dar muerte a la madre de un hijo que no tiene más futuro que la pobreza más rotunda.

Un lugar en el sol (1951)

Un lugar en el sol (1951)

La película Match Point (2005) de Woody Allen, es una suerte de remake apócrifo del film de Stevens. En este caso, Chris Wilton (Jonathan Rhys Meyers) es un tenista retirado, de cuna pobre y con tendencias arribistas. Entrena sus aptitudes sociales leyendo manuales para entender a Dostoievski y escuchando ópera. Esos mismos artilugios lo llevan a intimar con la hija de una riquísima familia londinense, con quién termina por casarse. Al tiempo de su meteórico asenso hacia las esferas de la alta sociedad, su amante, Nola (Scarlett Johansson) una actriz americana que no conoce más que el fracaso, pero por quién Chris profesa una pasión delirante, amenaza con acabar con su sueño acomodaticio al exigirle que cumpla su palabra de separarse de su millonaria esposa y de aceptar al hijo que ella espera de él.

En la película de Stevens orbitan la culpa, el remordimiento y por supuesto el castigo. George Eastman es condenado a morir en la silla eléctrica a pesar de no haber podido concretar el asesinato de Alice, quién muere por accidente mientras navegaban en el lago en donde George planeaba matarla. Chris Wilton en Match Point cumple el deseo frustrado de George, a saber, el de liberarse de la piedra en el zapato, pero en este caso dándole un escopetazo a sangre fría a Nola con el único fin de acomodarse sin inconveniente alguno en la vida de la alta burguesía.

Lo que el filme de Stevens connota (es decir ese plusvalor de información que subyace a la historia que vemos) es que se paga con la vida la transgresión moral. Pero más aún, hay castigo allí donde se peca con el pensamiento. En la moralina (que no es sino esa categoría más vulgar de la propia moral) del Hollywood de los años 50, el desenlace fatal de Un lugar en el sol no puede ser sino un happy end por el hecho de estar incluido en la ecuación ese ideal del ethos americano. Woody Allen subvierte el argumento y despoja a su personaje de toda deuda social, pero a cambio, lo arroja a una tragedia que asumimos tormentosa y que se debate sólo en la interioridad profunda del personaje. Wilton no tiene más remedio que sobrellevar una culpa miserable y seguir viviendo en la apariencia de la perfección de la estructura burguesa, es decir, en medio del teatro que ha deseado para sí.

Judah (Martin Landau), el refinado oftalmólogo de Crímenes y pecados (1989), al final de un largo remordimiento, se siente absuelto de todo pesar, pero esto sólo encuentra explicación en que el crimen de su amante (Anjelica Houston), otra mujer despechada que amenazaba con desbaratar su mundo, es cometido por encargo de su hermano, una mafiosillo al cual Judah acude para sacarlo del problema que lo agobia. En esta triada fílmica se repite el mismo patrón: hombres gravitados por un arribismo que termina por desbordar todo código moral. Aspirantes que se debaten entre un deseo primario y la necesidad de sostener a un tiempo las convenciones sociales que les han sido dadas. De mujeres al borde de una histeria desatada ante el comportamiento pusilánime de amores fraudulentos. Amantes en las sombras que al reclamar protagonismo amenazan con trizar los espacios de intimidad y pudor, desde hacer llamados telefónicos peligrosamente inoportunos, a patéticas escandaleras en plena calle.

En la última escena de Crímenes y pecados, Judah tiene un encuentro con Cliff Stern (Woody Allen). Éste, a sabiendas que Cliff se dedica al negocio de las películas, le dice que tiene una historia genial para un asesinato. “Excepto que mi asesinato tiene una variación extraña” le dice el médico, y a continuación pasa a narrarle la historia de un hombre exitoso, que lo tiene todo, pero que comete un crimen despreciable: “y una vez que el terrible trabajo se acabó, descubre que está plagado de una gran culpa. De repente surgen chispas de su pasado religioso, el cual había rechazado. Escucha la voz de su padre. Se imagina que Dios está mirando todos sus movimientos. De repente, no es un universo vacío, sino uno justo y moral, y él lo ha violado. Ahora le entra el pánico. Está al borde de un colapso mental, a pocos pasos de confesar todo a la policía. Y una mañana se despierta, y brilla el sol, y su familia está a su alrededor. Misteriosamente, la crisis desaparece”. Cliff le responde que eso es algo inverosímil, que muy poca gente podría vivir con algo así en su conciencia. Pero Judah insiste en que la gente que peca, para seguir viviendo, termina por ocultar la mugre bajo la alfombra como único modo de supervivencia. “Yo hablo de la realidad. Si quieres un final feliz, mira una película de Hollywood”.

“Es fácil cometer un crimen, pero difícil borrar sus huellas”. Es la advertencia de Freud a todos quienes hemos incorporado la norma. Advertencia a padecer una culpa insoportable por nuestros actos de sublevación.

 



Los comentarios están cerrados.

YOU MAY LIKE