El impostor inverosímil. Historia americana de la infamia

 


“Ellos saben muy bien lo que hacen, pero aún así, lo hacen”, es la frase con la que el filósofo alemán Peter Sloterdijk, en Crítica de la razón cínica (1983), identifica al cinismo moderno, es decir, quien estando al tanto de la máscara social insiste de todos modos en la máscara, o como lo explica Slavoj Žižek “Uno sabe de sobra la falsedad (…) pero aún así, no renuncia a ella”. Francis Underwood (Kevin Spacey), protagonista de House of cards, (remendado americano de la serie inglesa emitida por la BBC en 1990), condensa hasta el paroxismo la figura del político profesional, y por lo tanto, la del cínico por excelencia. Mediante la parábasis (hablar de cara al espectador), nos confiesa a viva voz todo cuanto exige ser oculto al entorno que compone su paisaje político y su realidad: gobernadores, presidentes, congresistas, millonarios, periodistas y asesores de variado cariz que pululan como partículas de polvo en suspensión. Esa fauna reunida erige un ominoso laberinto de espejos, como aquel en que se extravía el desdichado Michael O’Hara (Orson Welles) en La dama de Shanghái, lugar en donde nada es lo que aparenta ser, o más bien todo es en tanto que apariencia y simulacro. La verdad no está en ningún lado y los espejos multiplican las torvas imágenes hasta el infinito.

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Quizás no existe personaje más complejo de interpretar que el del cínico, su psiquis está compuesta de un sinnúmero de capas ambiguas y su rostro lo cubren múltiples máscaras que no acabarán nunca de caer. Para el cínico la verdad es una forma de mentira y la mentira la versión más elevada de la verdad. Sobre esa tierra baldía repta Francis Underwood (al igual que su esposa Claire, mujer conspiradora de primer orden al igual que Livia Augusta en la serie Yo Claudio y Livia, la madre de Tony en Los Soprano), quién miente cuando hay que decir la verdad y dice la verdad para mentir. El psicoanalista Jacques Lacan definió así a la impostura, es decir, ese truco mediante el cual se engaña diciendo la verdad, suponiendo que el develamiento de esa horrenda realidad quedará confundida, traspapelada, y en última instancia desvanecida, porque será tomada por mentira.

Mediando la teoría del engaño y la habilidad política más fantasiosa e inverosímil que imaginarse pueda, Francis llega a conquistar el despacho oval de la Casa Blanca. Inverosímil, porque la batería de estratagemas a su haber desplegadas para conseguir su objetivo es tan rica como la cantidad de conejos que un mago puede sacar de la chistera. Sus esfuerzos han sido sobrehumanos, su maldad no puede ya bajar un escalafón más en los anillos descendentes del infierno. Y su rostro se ha cansado, Underwood ha envejecido tras pocos años y eternos capítulos por temporada, así como envejecen los presidentes, plateando prematuramente la cabellera y ajando el rostro de modo alarmante. Un lustro de infamias políticas y familiares que agotan hasta el vértigo por la tenacidad de un matrimonio que al final de cuentas no ha cejado en lo que es el lugar común de la serie, “el deseo de poder”, poder que se ha vuelto vacuo y sin sentido (incluso para sus protagonistas, aunque ellos no se den cuenta), en donde ya solo existe la alegría espuria de emborracharse con la majestad de un cargo ridículo y trabajoso o con la posibilidad de ejecutar ordenes militares derechamente indeseables.

En la actividad siniestra de los cargos políticos que ejercen Francis y Claire hay puro goce, es decir placer en el displacer, porque todo se ha reducido al agotamiento inexorable de tener que mantener los platillos girando sobre efímeros bastones de madera, y el poder, esa entelequia que pervive más como fantasía que como herramienta efectiva en las ambiciones del matrimonio Underwood, nunca llega a obtenerse del todo. Su control está lejos del ideal que aspiran poseer, que sería el que ostenta un rey loco que hace y deshace a capricho y cuya memoria insiste en esculpir en piedra, sobre lo alto de un castillo que honre su memoria y su reino per saecula saeculorum. Es por ello que la causa de los Underwood es inútil, y el poder, la cima de una montaña que nunca logran conquistar, dando vueltas a cambio en una espiral sin principio ni final.

House of cards no es una serie sobre la ambición de poder, ni siquiera sobre el poder mismo, es una serie sobre el cansancio, sobre la autodestrucción y la entropía que corrompe al cuerpo, a la consciencia, a la ética y al espíritu. Es una fábula humana que bien podría quedar inscrita como una más de aquella Historia universal de la infamia, esa reunión de relatos, mitad ciertos, mitad ficción, en donde ese Borges en ciernes acumuló los cadáveres de la historia maldita de los hombres.

 

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