El síndrome Bartleby

Por Mauricio Claro


“Todos conocemos a los bartlebys, son esos seres en los que habita una profunda negación del mundo. Toma su nombre del escribiente Bartleby, ese oficinista de un relato de Herman Melville que jamás ha sido visto leyendo, ni siquiera un periódico; que, durante prolongados lapsos, se queda mirando hacia afuera por la pálida ventana que hay tras un biombo, en dirección a un muro de ladrillo de Wall Street”.

La cita corresponde al libro de Enrique Vila-Matas, Bartleby&Compañía, cuyo texto se aboca a enumerar una larga lista de escritores que han sido tocados por lo que el autor español llama “la pulsión negativa de las letras contemporáneas”. Arthur Rimbaud, J.D. Salinger, Juan Rulfo o Robert Walser, son sólo algunos de los nombres que caen en esa nada que al decir de Hegel nadea en su negatividad. Vila-Matas se esmera en analizar las formas de negar la literatura, en las cabriolas y estratagemas que cada escritor ha encontrado, o bien, se ha inventado para desertar de su oficio (Juan Rulfo, tras sólo haber escrito dos libros, se hundió en la negación de la escritura. Ante cualquier consultación al respecto culpaba de ello a la muerte de su tío Celerino, quién era el que le contaba las historias). Esa fuerza negativa o la negatividad negadora es para Hegel la negación de lo dado. Esto quiere decir que el hombre debe negar su condición natural, es decir animal, para constituirse en tanto que Ser humano, de lo contrario quedaría sometido a permanecer allí en lo que ha sido dado por defecto por la naturaleza. Negamos, por lo tanto, para poder Ser.

Walden_ThoreauPienso ahora en el escritor David Henry Thoreau, quién abandonó la casa familiar para irse a vivir dos años, dos meses y dos días, a una cabaña (que él mismo construyó) cercana al lago Walden, en Concord Massachusetts. La pulsión negativa de Thoreau, que se traduce en su renuncia a vivir bajo el adocenamiento de la sociedad industrial regida por un capitalismo en ciernes, tenía relación con su deseo de “vivir la vida intensamente de principio a fin”. El ensayo titulado Walden se publicó en 1854 y es sin duda un manifiesto para todos aquellos en los que habita esa melancolía crónica que no encuentra más consuelo que en el adentrarse en la hondura metafórica del bosque y transitar por lo que el filósofo Heidegger llamó Caminos de bosque, esos senderos que se pierden en lo no hollado, en aquellos tránsitos invisibles que no han sido aún demarcados por paso humano alguno. Negar significa también emprender un viaje hacia la oscuridad angustiosa del bosque, para tratar de encontrar allí, en los senderos sin huellas, el único camino posible, el que ha de ser trazado por nuestros propios pasos.

El fotógrafo Sergio Larraín también quiso dejarlo todo, o casi todo. Abandonó una participación activa en la agencia Magnum Photos en París (donde llegó a ser full member), para volver a Chile a quién sabe qué. Lo claro es que el año 1979 llegó al pueblo de Tulahuén de la mano de su pequeño hijo, y allí, entre Ovalle y Tulahuén estableció residencia hasta el final de sus días. La operación bartlebyana de quién apodaban el Queco, fue un acto de pura negación, similar a la del escritor Salinger, quién enmudeció literariamente y se recluyó para siempre en pueblo de Cornish, en el estado de New Hampshire. Tras su alejamiento, Larraín fue volviéndose un iconoclasta a medias tintas. Enviaba fotografías a Magnum, mas indicando siempre que éstas no debían ser mostradas. Llegó incluso a pedir que sus célebres imágenes sobre el mafioso siciliano Giuseppe Genco Russo, hechas en el pueblo de Caltanissetta en 1959, debían ser quemadas.

En el libro Psicopolítica, el filósofo surcoreano Byun-Chul Han dice que la negatividad del No es “un rasgo característico de la contemplación. En la meditación zen, por ejemplo, se intenta alcanzar la pura negatividad del ‘no-…’, es decir, el vacío, liberándose del Algo atosigante que se impone”. Tal vez el Queco, Salinger y Thoreau huían de ese Algo que sofoca y atosiga, porque todo apofatismo, es decir, el hecho de decir que No, implica también un acto de sublevación ante la autoridad, la ley y la doxa del campo específico al cual pertenecen. Es una forma de subvertir todo sometimiento heterónomo pero desde su núcleo activo, desde el corazón mismo de la institución. El pálido e inofensivo Bartleby, por ejemplo, “prefiere” no trabajar, mas “prefiere no hacerlo” desde su propio lugar de trabajo. Estos mismos personajes representan aquello que el propio Han ha denominado idiotismo: “El idiota es en esencia el desligado, el desconectado, el desinformado. Habita un afuera impensable que escapa a la comunicación y a la conexión. (…) El idiota es un hereje moderno. Herejía significa elección. El herético es quién dispone de una elección libre. Tiene el valor de desviarse de la ortodoxia”.

Vivir bajo el signo de Bartleby significa yacer en la “pereza cósmica”, pereza que para la sociedad neoliberal representa una amenaza porque opone un revés a la hiperactividad y al rendimiento en donde el tiempo equivale a producción, riqueza, flujo perpetuo, rentabilidad. La negatividad es como el Haiku japonés, es esa talla que irrumpe en el tiempo y perturba el espacio; es una detonación de energía que corta el sentido, o como diría Roland Barthes, “el deseo de sentido”. La negatividad libera al sujeto del mandato externo y lo arroja, en cambio, a la “inconmensurabilidad del tiempo vacío”.

 

 



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