Ignoto corazón

 

Por Naccarino


Las 5 mejores películas de Alfred Hitchcock Vértigo, La ventana indiscreta Los pájaros Psicosis Atrapa un ladrón (11)La película Vértigo, de 1958, (que es una adaptación de la novela Sudores fríos: de entre los muertos, escrita por Thomas Narcejac y Pierre Boileau), es quizás la obra más desconsoladora de Alfred Hitchcock. La historia podría resumirse de este modo: un detective traumado e incompetente debido a su mal de acrofobia y vértigo, se ve arrastrado hacia un engaño que tiene como fin último el asesinato de la esposa de quién ha encargado a Scottie su seguimiento, la que supuestamente estaría en peligro por estar poseída por un fantasma. Pero en el trámite de su falsa misión, Scottie termina por enamorarse de la actriz que ha sido puesta allí como doble de la verdadera mujer del asesino, la que a su vez la convierte en cómplice de un crimen que se fraguó a espaldas del jubilado detective. El melancolizado Scottie Ferguson no tiene más remedio que enfrentar la faz de la fatalidad, de asumir la pérdida de la mujer amada, quién en una de sus caretas macabras es la refinada Madelaine, y en su faceta real es la vulgar Judy, que muere dos veces, la primera como simulacro y la segunda, de verdad, cuando cae desde lo alto de un campanario, sellando así la fatalidad del personaje interpretado por James Stewart.

Doble de Cuerpo, película de 1984 y dirigida por Brian De Palma, utiliza el mismo argumento del filme de Hitchcock, pero llevado ahora a su versión Kitsh. De San Francisco traslada el devenir de los sucesos a Los Angeles, lo que no es un dato baladí dado que la victoriana bahía de California, la que hace de telón de fondo y dota a la primera versión de la película de un aire gótico y decimonónico, termina por parecerse más a una historia de vampiros en la era del Glam Rock, los que deambulan por Sunset Boulevard y en donde las espigadas palmeras tropicales terminan por reemplazar a las solemnes sequoias, tótems imponentes y milenarios del Muir Woods, que se prestan a la trama de Hitchcock como metáfora de lo eterno y lo efímero. Ahora bien, cualquiera sea el escenario puesto para los acontecimientos, la melancolía, la pérdida y una pasión inefable son los elementos que cuajan en la ecuación de la intriga.

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En El Cuervo, extenso poema de Edgar Allan Poe, publicado en 1845, una negra criatura alada se cuela por entre las cortinas de la habitación de un desdichado muchacho que llora la pérdida irremediable de Leonor, el objeto de su deseo. Nevermore (Nunca más), es la frase que el pájaro nocturno repite sin cesar, transformándose así en la reiterada maldición de ese joven que no hace otra cosa que llorar una y otra vez a la muerta que muere una y cien veces en boca del pájaro que ha llegado a visitarlo. Las palabras proferidas por el ave de mal agüero no son sino la confirmación insoportable de lo irreversible, ante lo cual remedio ya no existe.

En su ensayo de 1914, Duelo y melancolía, Freud define a ese talante emocional como la resistencia a perder lo perdido. El melancólico es, por tanto, quién niega el duelo, y a cambio, permanece varado en el displacer masoquista de un sufrimiento obtuso y tozudo. Pero, ¿qué es el objeto amoroso al fin y al cabo, o eso que llamamos amor? No es otra cosa que una fantasmática, una ilusión espectral, podríamos decir. Aquella idea es quizás la que palpita en estas obras del desconsuelo.

Nevermore es la frase que Poe escoge para simbolizar lo melancólico. Así, en Filosofía de la composición se pregunta “¿Entre todos los temas melancólicos cuál lo es más, según lo entiende universalmente la humanidad? Respuesta inevitable: ¡la muerte! (…) Luego la muerte de una mujer hermosa es, sin disputa de ninguna clase, el tema más poético del mundo”. Así bien, la melancolía, encarnada en el neveremore, explica Poe, es la palabra “más desesperada, llena de dolor y de horror que concebirse pueda”. Es a partir de esta idea que puede configurarse más nítidamente la perturbación de los personajes que nos ocupan, quiénes padecen de melancolía aguda por la negación de la pérdida de su objeto amado. Pero más aún, se torturan por permitirse ellos mismos que el fantasma que atosiga su corazón siga haciéndose presente. Bien quisieran ellos levantar a los muertos de su tumba.

 

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