De la Roma imperial a New Jersey

Por Naccarino


La miniserie Yo, Claudio, emitida por la televisión británica durante la década del 70, y que está basada en la novela homónima de Robert Graves, transita a lo largo de cien años de la historia del imperio de Roma, (50 a.C – 50 d.C). Quién relata es Tiberio Claudio Druso Nerón Germánico, o simplemente “Claudio el tartamudo” o “Claudio el idiota”, un miembro poco afortunado de la familia imperial. Su apariencia enfermiza y atrofiada hacían suponer que era un completo imbécil, mas Claudio era un avezado lector, tenía ambiciones de ser historiador y se encaminaba a la erudición. Dada su presencia inofensiva, pudo penetrar en las estancias imperiales, escuchar las conversaciones más torvas, y con el pasar de los años, enterarse de la larga lista de traiciones, asesinatos y envenenamientos que cobraron las vidas de los más conspicuos personajes que hoy componen la gliptoteca imperial.

Yo, Claudio (1976)

Yo, Claudio (1976)

Artífice de buena parte de dichas calamidades y principal conspiradora era Livia, la esposa del emperador Augusto, el que a su vez era tío abuelo de Claudio. Livia era perniciosa y se cultivó en la preparación de venenos letales tanto como en el arte de torcer el corazón de los hombres con el único fin de re configurar a capricho la estructura de poder del imperio más grande del mundo. “Augusto gobernaba el mundo, pero Livia gobernaba a Augusto”, es la frase que da inicio a la serie y que desencadena la sucesión de los hechos en la novela histórica de Graves.

David Chase, creador de la serie estadounidense Los Soprano, reconoció haberse inspirado en la maligna Livia para crear el personaje de la madre de Tony, quién también se llama Livia, una anciana tóxica que desde su apariencia senil conspira fallidamente para matar a su propio hijo, objetivo en el que Livia Augusta es efectiva envenenando los higos del huerto de su marido, el emperador de Roma.

La mafia italoamericana representada en Los Soprano, es una secuela viva, una huella palpable, es un microcosmos de ese trozo arrancado a la historia del imperio romano, aunque ahora en su versión más tardía. La mafia de New Jersey es un complejo entramado de apariencias viriles, de conductas sociales y en donde el todo por el todo se juega en la representación de la lealtad y la traición. La patota que lidera Tony Soprano administra el negocio de la basura, contrabandea y hacen uno que otro trabajillo repugnante. Es un pequeño imperio pop, sin más relato que el que proporciona el cine de mafiosos y la mitología urbana más prosaica. Son parte de un tiempo de la historia en donde la administración del poder no es en función de conducir los destinos del mundo, sino de manejar el último Lexus deportivo o comprar una casa en la playa.

En uno de los capítulos de la serie, Tony debe hacerse cargo de un trabajo que implica disputar con un judío que regenta un hotel de mala muerte. Tony apunta su arma directo a la cabeza del judío, quién pese a ello le dice que su pequeño pueblo a soportado los vejámenes de la historia, la esclavitud, el exilio, incluso la barbarie. Mientras que el imperio romano, que fuera el más vasto del planeta y que duraría para siempre, ha muerto. “Aquí estamos nosotros. Pues bien, ¿donde están ahora los romanos?” le dice el judío con vehemencia. “Aquí estamos. Nosotros somos los romanos” le responde Tony, al tiempo que le dispara una bala en la cabeza.



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